Enero suele venir cargado de mensajes que podríamos considerar individuales: «empieza de cero», «sé tu mejor versión», «cumple tus metas» u «organiza tu vida». Pero hay algo curioso: en muchas culturas del mundo, los comienzos no se piensan en singular, sino en plural. No empiezan con un «yo», sino con un «nosotros» o «nosotras».
Este artículo es una invitación a mirar la participación comunitaria no como algo idealista o reservado a personas «muy sociales», sino como una necesidad humana profunda. Es una práctica intercultural y una forma concreta de sostener la vida, especialmente en tiempos de cambio. Porque quizá la pregunta no sea solo: ¿qué quiero hacer este año?, sino también: ¿con quién quiero hacerlo?
Cuando hablamos de participación comunitaria, muchas personas imaginan reuniones largas, asambleas complejas o grandes proyectos sociales. A veces, esa imagen genera rechazo. Sin embargo, participar empieza mucho antes.
Participar consiste en:
En muchas culturas tradicionales, la participación no es una opción; es, simplemente, la manera de vivir. Nadie se pregunta si «participa»: se pertenece.
En distintas partes del mundo, la idea de comunidad adopta formas diversas, pero comparte un mismo núcleo: la interdependencia.

Es fundamental notar que en ninguna de estas culturas se idealiza la comunidad. Existen conflictos, tensiones y cansancio. No obstante, nadie duda de que la vida se sostiene mejor en común.
Nuestra cultura contemporánea ha elevado la independencia a valor supremo: ser autosuficiente y no necesitar a nadie. Pero ese ideal tiene un coste invisible: aislamiento, fragilidad emocional y dificultad para pedir ayuda.
La participación comunitaria no resta libertad; la redefine. No se trata de disolverse en el grupo, sino de aprender a ser individuo en relación, no en oposición.
Uno de los mayores bloqueos es pensar que, ante los problemas, lo mejor es marcharse. Sin embargo, toda comunidad real atraviesa malentendidos, ritmos distintos y silencios incómodos.
Desde una mirada intercultural, el conflicto no es un fallo, sino parte del tejido. Muchas culturas utilizan círculos de palabra o rituales de reconciliación para atravesarlo sin romper el vínculo. Participar es seguir sentándose a la mesa incluso cuando es incómodo.
No hace falta vivir en una ecoaldea; la comunidad empieza donde estás. Puedes hacerte estas preguntas:

La clave no es la magnitud, sino la continuidad.
La participación comunitaria es una forma de salud pública invisible. Sostiene lo que las instituciones no alcanzan. Este mes de enero puede ser el momento de revisar nuestros vínculos.
Volver al «nosotros» no significa perderte, sino encontrar un lugar donde tu singularidad pueda florecer. Tal vez el gesto más revolucionario no sea hacer más, sino hacer juntos.
Se presenta como nómada, con diez años de experiencia explorando comunidades donde el desarrollo personal, comunitario, ecológico y artístico son los ejes principales. Ha trabajado en países como España, Rumania, Italia y Alemania y actualmente vive y viaja en su furgoneta “Samsara” co-diseñando proyectos regenerativos y residencias artísticas para zonas rurales, organizaciones y ecoaldeas. Todo lo que hace está ligado a su propósito: “conectar a la gente consigo misma, con las demás y con la naturaleza a través de la experiencia de comunidad”.