Cerramos el ciclo, miramos atrás para recordar lo vivido y proyectamos nuestras ilusiones hacia el futuro. Pensamos en nuevos propósitos y, en España, lo hacemos mientras cumplimos con el ritual frenético de tomar 12 uvas al compás de las campanadas. Es una tradición curiosa, quizás algo absurda si se analiza fríamente, pero tiene el poder de unirnos a todos en un mismo instante.
¿De dónde viene esta costumbre? A principios del siglo XX, un excedente en la cosecha llevó a los viticultores a idear una forma creativa de dar salida a su producto. Propusieron tomar una uva por cada campanada para atraer la suerte, y la idea caló hondo en la sociedad. Tanto es así que hoy no concebimos un 31 de diciembre sin este reto exprés compartido por millones de personas.
Sin embargo, no todo el planeta despide el año ese día ni de la misma manera. ¿Sabías que existen muchas culturas que se rigen por calendarios completamente distintos?.
Hay países que celebran su Año Nuevo en septiembre, otros en marzo; algunos siguen la Luna, otros el Sol y otros se guían por ciclos agrícolas profundos. Descubrir estas diferencias es abrir una ventana a nuevas formas de entender el mundo.
Etiopía es un país fascinante, no solo por su historia y espiritualidad, sino por cómo entienden el tiempo. Allí utilizan el calendario etíope, basado en cálculos de la Iglesia copta, que organiza el año en 13 meses: 12 de 30 días y uno adicional de 5 o 6 días. Además, debido a una diferencia antigua en el cálculo del nacimiento de Jesús, su calendario va entre siete y ocho años por detrás del gregoriano. Cuando nosotros estemos en 2025, ellos seguirán en 2017.

Su Año Nuevo, llamado Enkutatash, se celebra el 11 de septiembre. Esta fecha marca el fin de la temporada de lluvias, cuando el país se cubre de unas flores amarillas llamadas adey abeba (que dan nombre a su capital, Adís Abeba, «flor nueva»). Es una celebración íntima y tranquila: las familias se reúnen y las niñas cantan canciones tradicionales entregando tarjetas artesanales.
Incluso su sistema horario es distinto. Su «hora cero» comienza a las 06:00 a. m., con la primera luz del día. Así, cuando un etíope dice que son las «2», en realidad son las 08:00 a. m. para nosotros. El Sol marca el ritmo: sus 11:00 (del día local) equivalen a nuestras 17:00 horas, y sus 21:00, a nuestras 03:00 de la madrugada. Una prueba irrefutable de que el tiempo también es una construcción cultural.
En Afganistán, el cambio de ciclo no ocurre en invierno, sino con el renacer de la vida en primavera. Celebran el Nowruz, una festividad milenaria de origen persa compartida por varios países de la región.
Esta tradición celebra el Sol y la renovación de la naturaleza y no se limita a una sola noche, sino que es todo un proceso. Incluye limpiezas profundas del hogar (para sacar lo viejo) y la preparación del Haft-Sin, una mesa ceremonial con siete elementos que en persa comienzan por la letra «S». Cada objeto simboliza valores como la salud, la paciencia, la abundancia o la alegría.
Con hogueras que simbolizan la victoria de la luz sobre la oscuridad y parques llenos de música, el Nowruz nos recuerda que la vida siempre vuelve a brotar.

El Año Nuevo chino, o Festival de Primavera, se rige por el calendario lunar, por lo que su fecha varía cada año entre finales de enero y febrero. Concretamente, comienza el primer día de la segunda luna nueva tras el solsticio de invierno.

Es una de las celebraciones más importantes y extensas del mundo, durando cerca de dos semanas. Todo está cargado de simbolismo:
Además, el zodíaco chino asigna a cada año la energía de un animal (dragón, conejo, serpiente…), conectando el paso del tiempo con cualidades humanas y espirituales.
Para muchas culturas indígenas de América Latina, el «año» no es un conteo lineal, sino un ciclo vital conectado a la Tierra y al Sol.
En los Andes, las comunidades quechuas y aymaras celebran el Año Nuevo Andino cada 21 de junio, durante el solsticio de invierno en el hemisferio sur. Miles de personas esperan el amanecer con las manos alzadas para recibir los primeros rayos del sol, en un ritual de agradecimiento a la Pachamama.

De forma similar, los mayas poseían calendarios complejos como el ‘Haab’, basados en ciclos agrícolas. Hoy, la visión circular del tiempo persiste: no se trata de «cerrar» un año, sino de renovar la vida en un punto específico del ciclo.
Si cada cultura celebra de forma distinta, ¿qué tenemos en común? La respuesta está en el cielo. Todos los calendarios nacen de la observación de los mismos fenómenos físicos: el Sol, la Luna y el movimiento de la Tierra.
La diferencia radica en la interpretación. Unos priorizaron el Sol, otros la Luna y otros los ciclos agrícolas. Pero esta diversidad no es una barrera, sino un recordatorio de que, aunque miremos el mismo cielo, lo entendemos desde lugares distintos.
Al final, cambiar de año —sea en diciembre, marzo, junio o septiembre— responde a una necesidad profundamente humana: pausar, agradecer y volver a empezar. Y eso es lo que verdaderamente nos conecta.
Apasionado por viajar, las culturas y las personas, Sergio es un ingeniero con experiencia en proyectos de cooperación internacional y de impacto social en comunidades por África y América Latina. Trabaja como coordinador de un proyecto de educación en África, ha fundado una ONG que trabaja con jóvenes activistas y ha montado una startup de movilidad sostenible.