Cuando queremos ganar fuerza o mejorar nuestra resistencia física, practicamos deporte, entrenamos o vamos al gimnasio; es un proceso que requiere esfuerzo y constancia. De manera muy parecida, nuestro cerebro también necesita entrenarse; él también acude a su propio «gimnasio», aunque no siempre seamos conscientes de ello.
Nuestro cerebro es plástico. Esto significa que puede cambiar, adaptarse y fortalecerse en función de nuestras acciones diarias; una capacidad denominada neuroplasticidad. Por ejemplo, al practicar un deporte, ciertas áreas cerebrales se activan y fortalecen, logrando que los movimientos sean automáticos con el tiempo. Lo mismo ocurre con las emociones: lo que practicamos moldea nuestra forma de entender el mundo.

Nuestro cerebro no está programado de serie para ver lo positivo, sino para detectar problemas o amenazas. Esta herencia evolutiva permitía a nuestros antepasados sobrevivir ante peligros inminentes. Hoy, seguimos funcionando igual: recordamos antes una crítica que un elogio.
En psicología, esto se conoce como sesgo negativo. Sin embargo, podemos equilibrarlo mediante la gratitud. Al agradecer pequeños gestos, cambiamos la interpretación de nuestra realidad y mejoramos nuestro estado de ánimo
Practicar la gratitud no es simplemente decir «gracias» por educación o de forma automatizada. En psicología, implica reconocer y apreciar lo bueno, permitiéndonos sentir un bienestar emocional y físico real. Esta actitud genera sensaciones positivas incluso en momentos difíciles.
Un ejemplo claro lo vemos en la saga de Harry Potter. A pesar de sus dificultades, Harry se mantiene fuerte al reconocer el apoyo de Ron, Hermione y sus profesores. Al valorar esos apoyos, su valentía aumenta. Del mismo modo, la gratitud fortalece nuestros vínculos, aumenta la confianza y reduce la soledad.

Para empezar este entrenamiento no necesitas grandes hazañas, basta con pequeñas acciones cotidianas:
Estas conductas enseñan al cerebro a registrar lo positivo y generan bienestar interno. Aunque al principio pueda parecer forzado, con la práctica se volverá un hábito automático.

Cuando hacemos algo bueno por los demás, nuestro cuerpo reacciona liberando sustancias que activan emociones positivas. Ayudar y agradecer cambia nuestra perspectiva: empezamos a notar que existen más personas confiables y momentos que valen la pena.
Es importante aclarar que la gratitud no es un optimismo tóxico que ignora el dolor. Podemos sentirnos tristes y, aun así, reconocer un detalle bueno del día. Esta práctica no cambia el mundo exterior, pero sí transforma cómo lo miramos, reduciendo la comparación y aumentando la confianza.
Alba es psicóloga sanitaria y ha realizado un máster de migraciones internacionales, salud y bienestar, además de proyectos de cooperación en Senegal, con menores en riesgo de exclusión social así como talleres con refugiados e hijos víctimas de violencia de género. Trabaja como psicóloga en una ONG con niños y adolescentes en situación de vulnerabilidad dando un servicio de atención terapéutica y realizando actuaciones de sensibilización y asesoramiento para la prevención de la violencia y la promoción de la salud mental. Su misión es conseguir el bienestar de la persona, la promoción de una sociedad inclusiva e intercultural y el desarrollo integral de las personas más vulnerables.