En mi último artículo hablaba sobre cómo los pequeños hábitos pueden cambiar nuestro día, así como las sensaciones que experimentamos. Veíamos cómo las rutinas sencillas tienen un gran poder para hacernos sentir más tranquilos y concentrados.
Hoy os quiero hablar de un concepto que está muy relacionado: la “zona de confort”. Entender qué es y cómo funciona nos permite comprender mejor nuestras reacciones y a nosotros mismos, empujándonos a afrontar lo desconocido.
Cuando hablamos de zona de confort, normalmente nos vienen a la cabeza lugares, personas o actividades que nos hacen sentir cómodos, seguros y tranquilos. Allí, nada es desconocido; nada nos asusta o nos sorprende.
Sin embargo, no es solo un lugar físico; es el conjunto de situaciones donde nos sentimos seguros porque las controlamos y son predecibles. Nuestra mente utiliza un “truco”: cuando estamos en estas situaciones conocidas, nos manda una señal de calma para mantenernos en un estado de “ahorro de energía”.

Su función principal es mantenernos con vida. Por eso, en la zona de confort, el cerebro se relaja al detectar que no hay peligros inmediatos. El reto surge cuando debemos afrontar algo nuevo, como una exposición en clase: ahí es cuando el cuerpo se activa y aparecen los nervios.
Esta «alarma» cerebral nos prepara para gastar energía, estar atentos y tomar decisiones. El miedo o los nervios son, en realidad, señales de que estamos ante un nuevo aprendizaje.

La zona de confort no es mala; nos permite descansar y pensar con claridad. El problema surge cuando pasamos demasiado tiempo en ella y no nos permitimos descubrir quiénes somos fuera de ese espacio.
A nivel cerebral, la zona de confort libera sustancias que nos calman. Pero, al salir de ella, se activan hormonas que nos preparan para lo nuevo. Es en esta «zona de crecimiento» donde el cerebro crea conexiones nuevas y se produce el aprendizaje real.
Podemos compararlo con un videojuego:

Salir de nuestra zona de confort puede dar miedo por la incertidumbre o la duda sobre nuestras capacidades. Sin embargo, estas experiencias nos enseñan sobre el mundo y sobre nosotros mismos. Sin desafíos, no hay avance; al igual que en un juego, si no subimos de nivel, deja de ser divertido.
Al probar cosas nuevas —como viajar sin padres por primera vez o levantar la mano en clase— nuestra confianza aumenta. Fortalecemos habilidades como la paciencia, la creatividad y la responsabilidad.
Esto no significa lanzarse sin pensar o dejar de ser prudentes. Se trata de moverse a pesar del miedo para ampliar, poco a poco, nuestra zona de confort. No pierdas la oportunidad de descubrir todo de lo que eres capaz.

Alba es psicóloga sanitaria y ha realizado un máster de migraciones internacionales, salud y bienestar, además de proyectos de cooperación en Senegal, con menores en riesgo de exclusión social así como talleres con refugiados e hijos víctimas de violencia de género. Trabaja como psicóloga en una ONG con niños y adolescentes en situación de vulnerabilidad dando un servicio de atención terapéutica y realizando actuaciones de sensibilización y asesoramiento para la prevención de la violencia y la promoción de la salud mental. Su misión es conseguir el bienestar de la persona, la promoción de una sociedad inclusiva e intercultural y el desarrollo integral de las personas más vulnerables.