Febrero suele ser el mes silencioso del año. Ya no hablamos tanto de propósitos; ya no hay listas nuevas ni energía extra. Solo queda la vida tal como es.
En este punto, muchas personas empiezan a pensar: «No tengo disciplina», «Me falta constancia» o «Siempre acabo igual«. Pero… ¿y si el problema no fueras tú? ¿Y si, en vez de preguntarnos cómo cambiar nuestros hábitos, empezáramos a preguntarnos en qué sistemas estamos viviendo?
Este artículo es una invitación a cambiar la mirada: de los hábitos individuales a los hábitos sistémicos. De la culpa personal a la comprensión profunda; del «no puedo» al «¿qué me está influyendo?».
Vivimos rodeadas de mensajes que dicen: «Si quieres, puedes», «Todo depende de tu fuerza de voluntad» o «Crea mejores hábitos y cambiarás tu vida». Sin embargo, esta narrativa tiene un problema: nos deja solos frente a estructuras enormes.
No es lo mismo intentar dormir bien en un entorno tranquilo que hacerlo en una ciudad ruidosa, con horarios imposibles y ansiedad económica. No es lo mismo «comer sano» cuando tienes tiempo y recursos que cuando estás agotada y sobreviviendo. Los hábitos no nacen en el vacío; nacen dentro de sistemas.
Un hábito sistémico no es algo que haces tú solo; es algo que el entorno facilita, refuerza o dificulta. Algunos ejemplos comunes de patrones colectivos son:
Estos no son fallos individuales, sino una respuesta a un sistema que empuja en esa dirección.
Existen estructuras que influyen en nuestra conducta sin que las nombremos: el sistema laboral (precariedad y presión), el económico (accesibilidad), el tecnológico (atención fragmentada) y el cultural. Intentar cambiar un hábito sin mirar estos sistemas es como nadar contracorriente y culparse por el cansancio.
Cambiar hábitos sistémicos empieza por transformar la pregunta. En lugar de cuestionar tu constancia, puedes explorar: «¿Qué condiciones están haciendo difícil este hábito?» o «¿Qué partes de mi vida no están siendo sostenidas?«
Este cambio de mirada no elimina la responsabilidad, pero te devuelve el contexto, la compasión y la capacidad de acción real.

Muchos procesos solo funcionan cuando se viven en común. Por ejemplo, es más sencillo cocinar mejor, descansar o cuidar la salud mental cuando existe una validación y escucha colectiva. Desde esta perspectiva, el hábito no es una rutina, sino una relación con el tiempo, el espacio y los demás.
Aunque no cambiemos «el sistema» global de golpe, podemos intervenir en nuestros entornos inmediatos. Algunas acciones sistémicas sencillas son:
El cansancio es uno de los hábitos sistémicos más normalizados. El sistema nos pide rendir constantemente, por lo que descansar no es pereza, es resistencia. Recuperar ritmos humanos implica redefinir qué es suficiente y compartir cargas.

Te propongo un ejercicio simple: piensa en un hábito que te frustre y escríbelo sin juzgarte. Luego, pregúntate:
Febrero no es el mes donde fallan los propósitos, sino donde la realidad se hace visible. Es una oportunidad para dejar de luchar contra ti y escucharte dentro de tu contexto. No todo se cambia con esfuerzo; a veces se requiere más cuidado o más compañía.
Mirar tus hábitos de forma sistémica te devuelve la posibilidad de cambiar sin castigarte. Quizá este mes se trate de vivir de una forma que tenga más sentido.
Se presenta como nómada, con diez años de experiencia explorando comunidades donde el desarrollo personal, comunitario, ecológico y artístico son los ejes principales. Ha trabajado en países como España, Rumania, Italia y Alemania y actualmente vive y viaja en su furgoneta “Samsara” co-diseñando proyectos regenerativos y residencias artísticas para zonas rurales, organizaciones y ecoaldeas. Todo lo que hace está ligado a su propósito: “conectar a la gente consigo misma, con las demás y con la naturaleza a través de la experiencia de comunidad”.