Vivimos en una época en la que parece que estamos siendo evaluados constantemente. Esta sensación comienza a ser más intensa cuando nos adentramos en la adolescencia. Tenemos una presión por hacerlo todo bien: sacar buenas notas, encajar, tener muchos amigos, ser bueno en algo, no equivocarnos o avanzar al ritmo de los demás.
En esta etapa de nuestra vida, comenzamos a construir nuestra identidad y nos surgen dudas o inquietudes que no habían aparecido antes. Nos preguntamos si somos raros por pensar diferente; observamos que nuestro grupo cambia y nosotros no encajamos igual; nos da miedo decir lo que pensamos por si nos apartan; parece que para el resto todo es muy fácil y para nosotros no.
Sentir que queremos encajar, gustar a los demás y no quedarnos fuera es algo normal. Nuestro cerebro busca que nos acepten porque entiende que formar parte de un grupo es importante para estar seguros y sentirnos bien; cree que, para que podamos sobrevivir, tenemos que ser aceptados.
Hoy en día, estas dudas se hacen todavía más fuertes con las redes sociales, donde muchas veces vemos vidas que parecen perfectas, o cuando nos comparan con un amigo o compañero de clase. Incluso en los videojuegos hay listas y rankings que muestran quiénes son «los mejores». Sin darnos cuenta, esto nos lleva a pensar que valemos más cuando somos «perfectos».

Además, en la adolescencia experimentamos las cosas con mucha intensidad porque nuestro cerebro está en construcción. La parte que nos ayuda a organizar, planificar, a controlarnos y a tomar decisiones con calma está en pleno desarrollo. Mientras tanto, la parte emocional funciona con mucha rapidez y fuerza.
Esto hace que sensaciones como el miedo o la vergüenza las sintamos a niveles muy intensos, y eso no quiere decir que seamos exagerados o dramáticos. Entender todo esto nos ayuda a tratarnos con más paciencia y comprensión, y a bajar un poco la presión que nos ponemos por hacerlo todo perfecto. La perfección no es lo que nos va a hacer sentir mejor ni más valiosos.
Lo que realmente nos ayuda a sentirnos bien cada día es vivir con sentido: hacer cosas que nos importan y actuar siendo coherentes con lo que sentimos y queremos.
Nuestra rutina diaria puede hacer que entremos en «modo automático» sin darnos cuenta. Nos levantamos, desayunamos, vamos al colegio, comemos, hacemos deberes o practicamos alguna actividad y vuelta a empezar. La rutina es útil porque aporta organización y ahorra energía, pero también hace que dejemos de ser conscientes de lo que estamos viviendo o que olvidemos el propósito de lo que hacemos. Incluso, a veces, no nos paramos a pensar si nos gusta o no.

Cuando vivimos en automático, vamos reaccionando a lo que nos pasa; pero cuando vivimos con sentido, nosotros elegimos. Vivir con sentido significa que lo que hacemos tiene un propósito para nosotros, que nuestras acciones están conectadas con lo que valoramos y nos importa.
El sentido se relaciona con nuestros valores, que no son lo mismo que un objetivo o una meta. Por ejemplo:
Podemos suspender un examen y seguir siendo responsables. Sin embargo, si solo nos focalizamos en la nota, sentimos que hemos fracasado. Uno de los problemas de la perfección es que nunca es suficiente; nos da miedo cometer un error y eso nos impide disfrutar de lo que hacemos.
Cuando nos equivocamos, podemos criticarnos y culparnos, o podemos aprender. Esta última opción nos acerca a vivir con sentido. En ese caso, no evitaremos los errores a toda costa, sino que veremos que nos aportan información sobre lo que hemos aprendido o sobre cómo lo haríamos la próxima vez.

Equivocarnos no nos hace menos valiosos. Vivir con sentido no va de ser viral o extraordinario todo el tiempo, sino de ser coherentes con nosotros mismos. Aquí tienes tres estrategias sencillas para empezar:

Este vivir con sentido no es algo que descubrimos un día y ya está, sino que lo vamos construyendo poco a poco a través de pequeños cambios y decisiones. Habrá muchos días en los que nos sintamos más desmotivados o no tengamos claro cuál es nuestro propósito, y no pasa nada. Por eso, la clave está en ir eligiendo esas cosas que nos conectan con nosotros mismos.
Alba es psicóloga sanitaria y ha realizado un máster de migraciones internacionales, salud y bienestar, además de proyectos de cooperación en Senegal, con menores en riesgo de exclusión social así como talleres con refugiados e hijos víctimas de violencia de género. Trabaja como psicóloga en una ONG con niños y adolescentes en situación de vulnerabilidad dando un servicio de atención terapéutica y realizando actuaciones de sensibilización y asesoramiento para la prevención de la violencia y la promoción de la salud mental. Su misión es conseguir el bienestar de la persona, la promoción de una sociedad inclusiva e intercultural y el desarrollo integral de las personas más vulnerables.