Cuando le dices a alguien que resides en una capital africana, casi siempre hay una pausa. Una pequeña incertidumbre. A veces surge una curiosidad sincera; otras, sorpresa o preguntas cargadas de prejuicios que no siempre sabes de dónde nacen.
He de reconocer que al principio, tras vivir en varias ciudades de África y América Latina, me costaba escuchar ciertos comentarios. Sé que venían sin mala intención, pero era difícil separar la emoción y explicar que el continente no es solo lo que aparece en la televisión.
Con el tiempo, he aprendido a escuchar con más calma. Entiendo que no todos tienen las mismas referencias ni el mismo contacto con estos lugares. Muchas veces no es malicia, sino desconocimiento; yo también he tenido prejuicios sobre sitios en los que nunca había estado.
Yo vivo en Abiyán, en Costa de Marfil. Es una ciudad grande, intensa, ruidosa y caótica, pero sobre todo, tremendamente viva. Es un lugar que no te pide permiso para entrar en tu día a día, pero que, si te dejas, te enseña a mirar la vida de otro modo.
Vivir aquí me ha obligado a convivir con esa mirada externa, a no reaccionar a la defensiva y a aceptar que explicar (o no explicar) también es una elección. Quizá los prejuicios sobre África merezcan un artículo propio, pero hoy quiero hablarte de otra cosa.

Ya sea en África Occidental, Europa o América Latina, vivir lejos de casa implica cosas hermosas y aprendizajes profundos, pero también retos y días difíciles. No es una experiencia lineal. La clave está en encontrar el equilibrio entre seguir siendo tú y dejarte transformar por el entorno.
Mi vida en esta capital no es una sucesión constante de momentos extraordinarios. No se trata de ir con una mochila descubriendo mundos como un aventurero mientras grabo vídeos para TikTok. Mi vida es cotidiana, y precisamente por eso es interesante.
Mi día a día incluye:
Abiyán es profundamente diversa. Aquí conviven personas de todo el país, de otros puntos de África y de fuera del continente. Es un cruce constante de acentos y experiencias que me encanta. Lo que más me impresiona es lo colectiva que es la vida: la calle no es un lugar de paso, es un espacio de encuentro donde todo pasa a la vez.

Gestionar los vínculos es uno de los aspectos más importantes de nuestra naturaleza como animales sociales.

Aparece una sensación inevitable: no estás del todo aquí, pero tampoco del todo allí. Nunca serás un local, pero al volver a tu origen, sientes que tampoco encajas por completo.
Lejos de ser un problema, esto es un regalo. Vivir entre mundos te da perspectiva, te hace relativizar y te enseña que no hay una sola forma «correcta» de vivir.
Vivir lejos de mis raíces me ha cambiado despacio. Me ha enseñado a estar presente, a escuchar más y a soltar expectativas. No se trata de elegir entre lo de siempre y lo nuevo, sino de aprender a habitar ambos mundos.
Al final, vivir fuera no se trata de irse lejos, sino de acercarse un poco más a uno mismo.
Apasionado por viajar, las culturas y las personas, Sergio es un ingeniero con experiencia en proyectos de cooperación internacional y de impacto social en comunidades por África y América Latina. Trabaja como coordinador de un proyecto de educación en África, ha fundado una ONG que trabaja con jóvenes activistas y ha montado una startup de movilidad sostenible.