Puede parecer que nuestro día a día está organizado por los adultos si nos enfocamos en situaciones como a qué hora nos levantamos, cuándo hay que hacer los deberes o el momento de irnos a dormir. Esto nos puede generar la sensación de que no podemos decidir y de que no tenemos el control de nuestra vida.
Es cierto que hay muchas situaciones que no dependen de nosotros, pero es fundamental saber algo: aunque no podamos decidir todo lo que ocurre, sí tenemos la capacidad para elegir cómo queremos vivir lo que nos pasa. Esta capacidad marca una gran diferencia:
Todo esto depende, en gran parte, de nuestras decisiones; por eso tenemos un papel activo. No solo «nos pasan cosas», sino que participamos en cómo las vivimos y afrontamos.
Por ejemplo, no podemos elegir la clase que nos toca ni los compañeros que tenemos, pero sí podemos decidir cómo nos comportamos con ellos. Cuando entra alguien nuevo, podemos elegir si conocerlo mejor o, por el contrario, mantenernos al margen.
Estas decisiones, que parecen pequeñas, con el tiempo van construyendo algo muy importante: nuestra forma de ser. La identidad no aparece de un día para otro; la vamos formando con las elecciones que repetimos a lo largo del tiempo. Cada vez que eliges cómo actuar ante lo que te sucede, estás dando forma a la persona en la que te vas convirtiendo.

Cada día tomamos pequeñas decisiones, la gran mayoría sin darnos cuenta, que construyen nuestro carácter:
Aceptar que decidir también supone equivocarse es vital; no debemos evitar el fallo a toda costa. Cuando confiamos en nosotros mismos, entendemos que los errores forman parte del proceso de aprender y mejorar, lo que nos aporta una mayor seguridad.
Nuestro cerebro se hace más ágil cuando practicamos, nos equivocamos, corregimos y volvemos a intentarlo. Aquí surge otra decisión clave: ¿qué hacemos cuando algo es difícil?Podemos rendirnos por frustración o decidir quedarnos un poco más y seguir practicando.
Esto también se aplica a lo que sentimos. Es normal sentir enfado, tristeza o vergüenza con intensidad, pero sí podemos decidir cómo responder a ello. En lugar de reaccionar gritando, podemos decidir pararnos, tranquilizarnos y buscar una manera más respetuosa de expresarnos. Esta habilidad se conoce como «regulación emocional«.

Tomar un papel activo también implica usar nuestra voz. Aunque los adultos tomen muchas decisiones, nuestra opinión es importante. Expresar lo que nos preocupa o lo que nos gustaría cambiar son maneras de participar en las decisiones que nos afectan.
Hablar de forma respetuosa ayuda a que nos entiendan mejor. Esto no garantiza que siempre se haga lo que queremos, pero expresar nuestro pensamiento demuestra que nuestra opinión cuenta.

No hace falta ser mayor para empezar a tomar decisiones. La forma en que tratas a los demás, cómo afrontas los problemas o cómo cuidas de ti mismo ya son formas de construir quién eres. Cuando no sepas qué hacer, pregúntate: «¿Qué tipo de persona quiero ser?«. Esto te ayudará a responsabilizarte de tu vida y a tomar decisiones coherentes con tus valores.
Recuerda: aunque dependas de los adultos y existan normas, tú siempre tienes un papel decisivo en tu propia historia.
Alba es psicóloga sanitaria y ha realizado un máster de migraciones internacionales, salud y bienestar, además de proyectos de cooperación en Senegal, con menores en riesgo de exclusión social así como talleres con refugiados e hijos víctimas de violencia de género. Trabaja como psicóloga en una ONG con niños y adolescentes en situación de vulnerabilidad dando un servicio de atención terapéutica y realizando actuaciones de sensibilización y asesoramiento para la prevención de la violencia y la promoción de la salud mental. Su misión es conseguir el bienestar de la persona, la promoción de una sociedad inclusiva e intercultural y el desarrollo integral de las personas más vulnerables.