Es una de las primeras preguntas de cualquier familia: ¿cómo será la casa en la que va a vivir mi hijo?
Detrás hay dos dudas. Una es cómo se selecciona a las familias, y tiene una respuesta muy concreta. La otra es cómo se vive el día a día, y esa es la parte más bonita del año: conocerse, adaptarse y acabar sintiéndose en casa.
Vamos con las dos.

Las familias anfitrionas son familias de la zona donde está el colegio, con muchas ganas de compartir su día a día.
En los programas de familia voluntaria de Estados Unidos, la familia no cobra por acoger a un estudiante. Lo hace porque quiere vivir esa experiencia, porque alguien de su comunidad lo hizo antes o porque le apetece que sus hijos crezcan con alguien de otro país en casa.
Cada familia es distinta, y lo que todas comparten es lo importante: quieren abrir su casa al estudiante y tratarle como a uno más.
Algo que contamos siempre en la orientación: será una casa normal de allí, como la de cualquier familia de su barrio. Y eso es justo lo valioso, porque la experiencia no la marca la casa, la marca sentirse parte de la familia.
Antes de que una familia reciba a ningún estudiante pasa por un proceso de verificación. En los programas estadounidenses sigue las pautas del Departamento de Estado.
Los pasos son estos:
Después, cuando una familia se interesa por el perfil de un estudiante, el coordinador solicita plaza en el colegio que corresponde a esa zona presentando el expediente completo del estudiante.
En el programa J-1, la familia estadounidense conoce el perfil del estudiante y decide acogerle, y con esa asignación se confirma la zona. En otros programas, como Canadá o los de tipo F-1, hay margen para elegir zona y, en algunos casos, incluso colegio.

En una familia anfitriona el estudiante es un miembro más de la casa, no un huésped. Eso significa compartir la vida familiar, con sus planes, sus costumbres y sus pequeñas tareas.
En la práctica son cosas muy cotidianas: ayudar en casa, mantener su cuarto en orden y avisar si va a llegar más tarde. Pequeños hábitos que, al volver, muchas familias notan como un gran paso en su autonomía.
También hay diferencias culturales, como cenar bastante más pronto que en España. Las repasamos en la orientación previa para que lleguen sabiendo qué esperar, y en pocas semanas forman parte de su rutina.
Adaptarse a una casa nueva lleva su tiempo, y para acompañar ese proceso hay un orden claro:
Uno. El estudiante habla con el coordinador local y cuenta qué está pasando en concreto. No «no me gustan»: qué situaciones, con qué frecuencia.
Dos. El coordinador habla con la familia anfitriona. Muchas veces es una diferencia de costumbres que se aclara con una buena conversación.
Tres. Se acuerdan pequeños cambios concretos y se hace seguimiento.
Cuatro. Si aun así hiciera falta, existe un protocolo de cambio de familia, y el coordinador lo gestiona de principio a fin.
Se empieza siempre por hablar porque los desajustes de las primeras semanas suelen ser parte natural de la adaptación, y resolverlos juntos ayuda a que el estudiante siga construyendo su vida allí.
Y algo que repetimos a cada estudiante antes de salir: cualquier cosa que le preocupe, se cuenta. Para eso está el coordinador, y para eso estamos nosotros.

Lo que hace especial el año no es la casa: es sentirse parte de la familia.
Preparamos a las familias españolas para esto antes de salir, no después. En la orientación previa se habla de expectativas concretas sobre la casa, sobre las normas y sobre las diferencias culturales que más chocan.
Durante el curso, el coordinador local es quien tiene la relación con la familia anfitriona y quien media si hace falta. La familia en España recibe informes periódicos y tiene un equipo aquí al que llamar cuando aparece la duda.
Si queréis saber cómo funciona la familia anfitriona en el programa que estáis mirando, el equipo os lo explica en una primera conversación.
Con solicitud formal, recomendaciones de miembros de su comunidad, verificación de antecedentes penales y una entrevista en el propio domicilio realizada por el coordinador local. En los programas de Estados Unidos el procedimiento sigue las pautas del Departamento de Estado.
En los programas de familia voluntaria de Estados Unidos, no: acogen de forma altruista. En otros programas y destinos el modelo puede ser distinto. En todos los casos el proceso de verificación y el seguimiento del coordinador local son los mismos.
Depende del programa. En el J-1 de Estados Unidos es la familia anfitriona la que conoce el perfil del estudiante y decide acogerle, y con ella se confirma la zona. En Canadá y en otros programas hay margen para elegir provincia, zona o incluso colegio.
Se avisa al coordinador local, que contrasta con las dos partes y propone cómo resolverlo. Lo habitual es que se aclare hablando, y si hiciera falta, existe un protocolo de cambio de familia.
Que se sienta un miembro más: participar en la vida familiar, ayudar en casa y avisar si va a llegar más tarde. Son hábitos sencillos que le dan mucha autonomía.
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