En el artículo “Aprendo a escuchar mi propia voz I” veíamos cómo muchas de las cosas que nos decimos no nos pertenecen o no provienen de ideas propias. Ahora vamos a dar un paso más para entender por qué, aun siendo conscientes de esto, es difícil cambiar la forma en la que nos hablamos para empezar, poco a poco, a construir una voz que sí nazca de nosotros.
Cambiar la manera en la que nos hablamos requiere tiempo y paciencia, pero sobre todo ser comprensivos con nosotros mismos. Es normal pensar que con darnos cuenta ya debería ser suficiente para cambiar, pero descubrir algo es una cosa y transformarlo es otra diferente.
Hay mensajes que llevamos años escuchando o diciéndonos y esto hace que terminen pareciendo parte de nosotros o de nuestra forma de ser. Además, es algo que no solemos cuestionar porque nos resultan familiares. Es como cuando escuchamos una canción en bucle: llega un momento en el que dejamos de prestar atención a la letra, pero sigue influyendo en cómo nos sentimos.
Nuestro cerebro, además, prefiere lo conocido a lo nuevo, incluso cuando lo conocido no nos hace sentir bien. Esto es porque lo nuevo supone esfuerzo, poner atención y requiere práctica, mientras que lo conocido funciona casi en automático. Por eso, aunque esos pensamientos nos limiten, resulta más fácil mantenerlos que intentar pensar de una manera diferente.
Otro aspecto a tener en cuenta es que estos mensajes aparecieron en momentos importantes de nuestra vida: cuando queríamos agradar, cuando buscábamos que nos aceptaran o cuando teníamos miedo a equivocarnos. Estas frases no son solo palabras, sino que están unidas a emociones que fueron intensas, y esto nos deja una huella más profunda.
Además, podemos pensar que si dejamos de pensar así nos volveremos descuidados o poco responsables, asociando el tratarnos mejor con dejar de esforzarnos, pero ocurre justo lo contrario. Cuando nos hablamos con respeto, nos sentimos más seguros para intentarlo, equivocarnos y volver a probar. Cambiar esta forma de hablarnos no significa solo cambiar palabras; es cambiar una costumbre que ha estado con nosotros durante mucho tiempo.

Para comenzar a cambiar esto, vamos a probar a debatir con nuestros propios pensamientos. Hasta ahora, cuando aparecía una idea como “no soy capaz” o “esto me va a salir mal”, la aceptábamos sin discutirla, como si esa voz tuviera siempre la razón. Debatir contigo mismo significa no quedarte con esta primera idea que aparece, sino responderle.
Entonces, cuando surja un pensamiento negativo, vamos a hacer lo siguiente:
Este “debate” interior hace que cambie la relación que tenemos con nuestros pensamientos, porque dejan de ser órdenes que obedecemos y se convierten en opiniones que podemos analizar y cuestionar. Al principio puede parecer raro si no estamos acostumbrados a cuestionarnos , pero poco a poco empezamos a notar que no todo lo que pensamos es verdad.

Cuando dejamos de repetir automáticamente lo que hemos aprendido, empieza a formarse nuestra propia voz. Esta voz no nos critica ni nos habla con dureza; es una voz que intenta ser comprensiva, tranquila y honesta. Tampoco es una voz perfecta que siempre sabe qué hacer, pero sí es una voz que nos trata con respeto.
Tenemos que ser conscientes de que construirla lleva tiempo y práctica. Sin embargo, podemos empezar con cosas pequeñas, planteándonos preguntas esenciales:
Estas preguntas nos ayudan a conectar con nosotros mismos y no solo con lo que los demás esperan. Otra forma de fortalecer esta voz propia es cambiar la manera en que nos describimos:
Esta nueva forma de hablarnos poco a poco irá ganando espacio y, cuando aparezcan las voces antiguas, ya no van a tener todo el lugar para ellas.
Es fácil pensar “yo soy así” y creer que no podemos cambiar. Pero la realidad es que nuestra identidad se construye a lo largo del tiempo y puede seguir cambiando. Lo que pensabas de ti hace unos años puede ser diferente a lo que piensas ahora. Y eso no quiere decir que antes estuvieras equivocado, sino que has crecido, aprendido y cambiado.
Entender esto es importante porque nos facilita la transformación: no estamos obligados a seguir siendo la persona que otros dijeron que éramos. Podemos revisar esas ideas y decidir cuáles queremos mantener y cuáles queremos dejar atrás.

La forma en la que nos hablamos influye directamente en nuestra identidad. Si durante mucho tiempo nos hemos repetido que no somos capaces, acabamos creyéndolo. Pero si empezamos a hablarnos de una forma más realista y amable, también empezamos a vernos de otra manera:
* “Estoy aprendiendo quién soy”.
* “Tengo cualidades y también cosas que mejorar”.
* “No necesito ser perfecto para valer”.
Esto no es algo que se consigue en un día ni en una semana; es un proceso que requiere práctica diaria. Cada vez que se detecta un pensamiento duro y se cuestiona, estás avanzando. Cada vez que te hablas con un poco más de respeto, estás fortaleciendo tu voz propia. Cada vez que eliges no creerte automáticamente una frase negativa, estás cambiando tu forma de verte.
Es normal que los pensamientos que teníamos antes sigan apareciendo y cueste echarlos, pero no significa que estés retrocediendo, sino que estás aprendiendo algo nuevo y tu mente todavía está acostumbrada a lo anterior. Lo importante es seguir intentándolo.
El objetivo de esto es poder mirarte con tus propios ojos y no solo a través del reflejo de lo que otros dijeron de ti. Cuando consigues esto, empiezas a darte más espacio para equivocarte, para intentarlo, para opinar y para decidir quién quieres ser. Esto no significa dejar de escuchar a los demás, sino aprender a escucharte también a ti y darte el mismo valor que das a las opiniones externas.

Alba es psicóloga sanitaria y ha realizado un máster de migraciones internacionales, salud y bienestar, además de proyectos de cooperación en Senegal, con menores en riesgo de exclusión social así como talleres con refugiados e hijos víctimas de violencia de género. Trabaja como psicóloga en una ONG con niños y adolescentes en situación de vulnerabilidad dando un servicio de atención terapéutica y realizando actuaciones de sensibilización y asesoramiento para la prevención de la violencia y la promoción de la salud mental. Su misión es conseguir el bienestar de la persona, la promoción de una sociedad inclusiva e intercultural y el desarrollo integral de las personas más vulnerables.