Alguien enseña una foto esperando que le digan que sale bien. Alguien menciona casualmente la nota que ha sacado porque quiere compartir su orgullo. O bien, alguien publica una historia en redes “así como si nada”, aunque en el fondo espera que cierta persona la vea.
La comunicación humana tiene algo fascinante: no solo transmitimos información, también transmitimos intenciones. Y, muchas veces, intentamos hacerlo sin que se note demasiado. Lo curioso es que esta habilidad aparece mucho antes de lo que podríamos imaginar.
Sigue leyendo si te interesa el tema, ¡tengo intención de que aprendas de esto!
Un grupo de investigadores quiso averiguar hasta qué punto en la infancia jugamos con las intenciones en la comunicación. Para ello, diseñaron una situación bastante ingeniosa que describen en este estudio científico.
Una persona adulta estaba buscando una pieza de un puzle escondida en algún lugar de la habitación. Los niños o niñas sabían dónde estaba. El adulto había explicado previamente que quería encontrarla por sí mismo y no deseaba recibir ayuda directa.
¿Qué haría una niña o niño pequeño de tres años? ¿Respetaría el deseo adulto y no haría nada? ¿O intentaría ayudarle?
Lo que ocurrió fue sorprendente. Encontraron formas de facilitar que la persona adulta encontrara la pieza, pero sin señalarla claramente ni llamar la atención de manera evidente. Es decir, ayudaban… pero intentando que no pareciera que estaban ayudando.
Este resultado sugiere que, incluso a edades muy tempranas, entendemos que la comunicación tiene dos niveles:
Es decir, no solo decidimos si transmitimos o no información. También jugamos con hacer evidente u ocultar que estamos intentando comunicarla.

Aunque no nos demos cuenta, utilizamos esta habilidad constantemente. Piensa en algunas situaciones cotidianas:
No solemos decir directamente cosas como:
* “Necesito atención”.
* “Necesito que me animes”.
* “Quiero que hables conmigo”.
* “Quiero ser tu amiga”.
En lugar de eso, muchas veces enviamos pequeñas señales y esperamos que la otra persona las interprete. Y viceversa. Es como jugar una partida con las cartas boca abajo.
Porque las relaciones humanas son complejas y la psique también. A veces queremos expresar algo, pero también queremos protegernos.
Imagina que te gusta alguien. Decir directamente “me gustas” puede dar bastante vértigo. Por eso muchas personas optan por caminos más indirectos:
No están comunicando de forma totalmente explícita, pero tampoco están guardando silencio. Existe un mensaje que esconde otro detrás.

Las indirectas pueden ser útiles a veces, pero también tienen una desventaja importante. No todo el mundo interpreta las señales de la misma manera. Lo que para una persona es una pista clarísima, para otra puede pasar completamente desapercibido. Por eso ocurren situaciones tan habituales como:
Nuestras mentes no leen el pensamiento. Podemos intentar adivinar lo que otra persona siente, necesita o quiere decirnos, pero nunca podemos saberlo con certeza. Y ahí es donde aparecen muchos malentendidos.
A veces pensamos que alguien nos está ignorando cuando en realidad no ha captado nuestra señal. O creemos que una persona está enfadada cuando simplemente está cansada. Incluso esperamos que alguien entienda algo que nunca hemos llegado a expresarle, y nos decepcionamos o enfadamos si no lo adivina.
Desde muy peques aprendemos que las relaciones no funcionan únicamente con palabras. También utilizamos gestos, silencios, miradas, pistas e insinuaciones. Nos hemos doctorado en enviar señales y, también, en complicarnos la vida con ellas.
Aunque las indirectas formen parte natural de la comunicación, hay momentos en los que merece la pena expresarse con mayor claridad:
La claridad al relacionarnos nos permite conectar de una forma mucho más auténtica.

Durante esta semana, fíjate en cuántas veces utilizas mensajes indirectos. No para juzgarte, sino por pura curiosidad. Puedes preguntarte:
Y también observa al resto de personas que te rodean. Quizá descubras que gran parte de nuestras conversaciones diarias son como un juego de pistas.
Comunicarnos y adaptar nuestro lenguaje verbal y no verbal para que el mensaje llegue a la otra persona es, en realidad, el gran superpoder humano. Sin este superpoder no habríamos llegado a construir todo lo que hemos co-creado a lo largo de la evolución. Aunque a veces resulte un poco complicado entendernos, es una de las cosas más fascinantes de nuestra condición.
Ojalá te haya llegado lo que he querido contarte y te haya parecido tan interesante como a mí.
Psicóloga y acompañante de personas en situación de vulnerabilidad: experiencia con menores en riesgo de exclusión social, migraciones, diversidad funcional y colectivo LGBTIQA+. Amante de todas las formas de vida, su misión es crear espacios sostenibles. Cooperante y gestora en proyectos de agroecología y protección animal. Escritora y fotógrafa en búsqueda de aprendizajes. “Cualquier momento es bueno para la ternura”.